EL SAQUITO ROTO
Nacha se paró junto a las vías. Los trenes pasaban despacio por la cuestión del puente. Esa mañana, una señorita muy linda se asomó, le hizo señas, y le tendió un billete de cien pesos.
-Tomá, para que te compres caramelos.
Un hombre de traje y corbata, un poco más atrás le alcanzó unas monedas. Nacha se puso a caminar a lo largo del vagón y muchos otros le entregaron dinero.
Era la primera vez que ocurría... Qué gente buena, pensó.
-Mirá mamá, me lo dieron en el tren. - Y su madre, contaba el tesoro.
-Trescientos pesos, Nacha, qué bien. Otras veces ha parado el tren y no te han dado nada. ¿Vos pediste?
-No, no pedí, miré y me dieron.
-Vení para acá, dejame ver... Pero claro, si es este saquito roto. Desde mañana te lo vas a poner todos los días y te vas a quedar junto a la vía, esperando que pare el tren. Miralos bien a los de adentro, y si no sueltan nada, vos estirá la mano para que se den cuenta. ¿Me entendiste? - Nacha asintió con la cabeza. Luego, su padre, le dijo.
-Hay que aprovechar ahora, porque pronto van a terminar el puente y los trenes no se detendrán más.
Nacha sueña de noche, con los trenes veloces que la persiguen, con trenes larguísimos que pasan junto a ella sin detenerse, y se despierta con la frente mojada de sudor.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es que su madre ya no se pone contenta con lo que le lleva, le parece poco. Le grita igual que antes, le pega igual que antes y no quiere que se saque de encima ese saquito roto, por cuyos agujeros le entra todo el frío del invierno y se le escapa toda la maravilla de la infancia.
Un cuento desgarrador, que lamentablemente, refleja realidad en muchos casos.
ResponderEliminarDe ninguna manera se puede justificar degradar a un niño.