HUELLAS


-Ya hablamos con Hernán, no hay ningún problema. La casa es grande, los chicos te adoran y podrás acompañarlos hasta que nosotros lleguemos del trabajo. No vivas sola como un hongo, venite con nosotros..
su llegada había sido un alegre acontecimiento en la casa. Lidia, cariñosa, Hernán, cordial, los chicos, una fiesta. Ella, internándose tímidamente en la casa, para dejar de ser Elsa, la hermana de Lidia, la cuñada de Hernán, la tía de Paula y Matías... y convertirse en una más que vive allí, que trabaja en sus traducciones, que ayuda a los chicos a hacer sus deberes, que conversa con Hernán cuando llega del trabajo, y todos esperan a Lidia para cenar, acompañarse y ser ellos mismos.
¿Qé rompió la armonía? ¿Qué alteró el orden?¿Qué mirada, qué gesto, qué palabra desencadenó el torbellino?
Quizás, aquella copa que compartieron un atardecer. O ese día, que él la escuchó reír y le pidió que lo hiciera más seguido. O aquel botón que inpensadamente cosió en su camisa azul...
Hasta que un día, estando solos, dijo su nombre de distinta manera.
-Elsa.
-¿Qué? - Y él, repitió.
-Elsa. - Y ella dijo.
-No.
Y trataron de no encontrarse, de hablar con naturalidad en la mesa, de esquivarse mutuamente, de ser Elsa, la hermana de Lidia, y Hernán, el marido de Lidia.
Pero la tarde anterior, no habían podido evitarse. Hernán la había abrazado, le había besado los ojos, la boca. Él había dicho.
-Te quiero y me querés, pero te resulta espantoso aceptarlo.
Por eso, ahora que son las dos de la mañana, Elsa se incorpora, saca unas blusas que quedan en el placard, guarda los libros, las medias, la pena, la culpa, el amor. Anda sigilosamente por el cuarto, se apura, llora un poco, tiembla un momento, echa una ojeada a su alrededor; en el cuarto ya no queda nada suyo.
Sabe que, pese a todo su cuidado, quedarán sus huellas.
Toma la valija y sale despacio, para no despertar a nadie.

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