HERMANOS
Rosa estaba planchando. Se dio vuelta al verlos entrar así. Rosa había callado... no sabía cómo decirlo, con qué palabras, y además casi había olvidado aquella historia de la mujer que se moría y el recién nacido, sin nada ni nadie, ni siquiera nombre, "Lo vamos a llevar Luis", le dijo a su marido. Y José Luis era su hijo, qué le venían ahora con esa historia, Dios mío.
-Mamá, recién nos dijeron que no somos hermanos. - Exclamó Gustavo.
Entonces, Rosa, les contó. Claro que era cierto, y ella nunca les había dicho nada porque consideraba que no tenía importancia.
-Y ahora no me vas a decir José Luis, que Luis y yo, no fuimos tus padres, y Gustavo, tu hermano. -
Y Rosa descubrió en ese momento que escaseaban las palabras, que hacía falta inventar otras.
Nadie dijo una sola palabra.
Esa noche, los hermanos no comieron, quizás por no tener que mirarse con extrañeza por sobre los platos. Porque fue extrañeza lo que hubo en la mirada de José Luis y en la mirada de Gustavo, cuando la madre terminó de hablar y se encontraron los ojos.
Después de dar vueltas, Gustavo decidió que había que hacer algo. Entonces, salió a la calle hasta ese consabido lugar, en el cordón de la vereda, frente al depósito. Sabía que José Luis estaría allí.
-Te juego una tirada. - Le dijo.
- La chimenea no se ve, está oscuro. - Contestó José Luis.
Pero lo mismo se pusieron a buscar piedritas livianas entre los yuyos, para embocar por el caño oxidado, como todos los días.
Los hermanos de corazón son tan queribles como los de sangre. Muy hermoso cuento. Gracias, Alicia Estela, por compartirlo.
ResponderEliminarUn cuento emotivo y ejemplar, en el que prevalecen los sentimientos.
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