LA MUJER QUE SUPO SER FELIZ

 

Señora: Hace nueve años, le escribí una carta. Yo, que nunca había escrito al consultorio de ninguna revista, y pensaba que cada uno tenía que resolver las cosas a su modo. Tomé el papel y fui traduciendo en palabras lo que me estaba sucediendo, mi miedo, mi esperanza de encontrar apoyo.
Tenía diecinueve años, Ariel, veintiuno. Noviábamos desde hace dos años..
Con sorpresa, sin la alegría que, generalmente acompaña ese acontecimiento, supe que estaba encinta. ¿Que hacer? ¿Seguir adelante o dejar trunco el sueño que florecía en mi vientre?
Seguramente, usted leyó la carta muchas veces. Una tarde, junto a mi seudónimo "Desesperada", leí su respuesta: "Lo que destruyen puede matar para siempre la paz, la alegría, la confianza en ustedes. La lucha en común, por dura que parezca, se sobrelleva y acrecienta el valor, conduce al triunfo sin  sombras ni culpas. Si se aman tanto, no conviertan en un fantasma de cenizas ese amor".
Ariel leyó también esas palabras y los dos entendimos el mensaje. Era el aliento que necesitábamos. La angustia voló de nuestros pechos y él apretó el milagro en un abrazo.
Nuestras lágrimas fueron, entonces, de felicidad.
Por supuesto, tuvimos contratiempos. Nuestros padres nos llamaron "pecadores" y nuestra boda fue una ceremonia sin azahares.
Alejo nació en primavera, rubio, llorón, tibiecito en mis brazos.
Las abuelas olvidaron la "afrenta" y se lanzaron a quererlo con locura.
Dos años después, nació Karina, justo el día que Ariel rendía la última materia de ingeniería.
El departamento de dos ambientes nos quedó chico y compramos uno más grande.
Ocho años de amor, de luz, de magia.
Ocho años con cuatro cubiertos en la mesa y charlas antes de apagar el velador.
Hoy, con los ojos secos, resolví escribirle esta carta. Hace seis meses, en un accidente de tránsito, inesperado y cruel. Ariel perdió la vida. Un dolor que yo desconocía se me metió en la carne, puso tristes preguntas en las bocas de mis niños. Amigos y familiares acercaron sus palabras de consuelo, su compañía, su afecto. Ahora, que abro los brazos para cobijar a mis niños que quedaron sin padre, he vuelto a recordarla, señora.
Y esta vez no le escribo para pedir consejo, le escribo para darle las gracias por ocho años de dicha, que no hubieran sido posibles si usted no hubiese puesto en marcha aquel impulso limpio y valiente que nos llevó al camino de la felicidad. Usted nos ayudó a no convertir en cenizas sombrías un amor que era grande y hermoso.
Yo sé, que Ariel, desde donde está, aprobará esta carta y sonreirá, como sonríe en esta linda foto, en la que estamos los cuatro: él, Alejo, Karina y yo, apretados en un ramillete, frente al fotógrafo del parque donde tomábamos sol algunos domingos.
No, mi firma esta vez, no será "Desesperada", usaré otro seudónimo: simplemente "Una mujer que supo ser feliz", gracias a usted, señora.

Comentarios

  1. Excelente cuento...!!! Profundo, llega al alma. Gracias por compartir..

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  2. El tiempo siempre atenúa un dolor, es un milagro, como en este maravilloso cuento.

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  3. Una historia llena de amor, magia y emoción. Hermosa!!!

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