EL SECRETO
Trabajaban juntos. Celia y José Luis. Dos personas como tantas: sueños, ilusiones, amarguras, sonrisas, silencio. Sobre todo, silencio mutuo, de común acuerdo. A la hora de salir, uno detrás de otro, cada uno por su rumbo. Solamente mirarse, sabiendo que mañana, va a ser una repetición de hoy.
Como nunca hablaron de nada serio, él no sabía nada de su vida, pero sentía como el deber de cuidarla.
Celia era hermosa. su atractivo provenía de su manera de no hablar, de no intervenir, y al mismo tiempo, de estar siempre presente. Él adivinaba su dulzura contenida... también sabía que los tres días que ella faltó, fueron interminables. Al cuarto día, cuando Celia entró en la oficina.
-La extrañé. - Se lo dijo con frescura. Ella no contestó nada.
Después fue fácil encontrarse andando juntos por las veredas que inventa el amor, como si ya se hubiesen dicho todo lo necesario.
-Celia, ¿me prometés que cuando te aburras de mí, vas a decírmelo?
-No voy a aburrirme nunca.
-Te lo digo porque tengo la sensación de que va a suceder algo, que va a romper lo nuestro.
-Callate.
-¿No me ocultás nada?
-¿Qué te puedo ocultar?
-No sé, es algo que no puedo explicar. Celia, quiero que nos casemos.
Ella no contestó. Estaba asustada.
Su hijo, su secreto. José Luis no sospechaba. ¿Cómo decirle eso que le había ocultado durante tanto tiempo? Su hijo de cinco años. Hijo de aquel hombre que desapareció detrás de su desamor. El niño creció sano, cuidado por ella.
Pero Celia no pudo sobreponerse al pasado. No quería asociar a Maxi a aquellas amarguras.
En la oficina, nadie sospechaba, José Luis, tampoco, pero él sospechaba cosas imprecisas, un misterio, una nebulosa que tenía que detectar. Por eso, se decide. Se interna en el barrio con la angustia a flor de piel. Faltan pocas cuadras. Pasó muchas veces por esa casa, pero nunca entró porque ella no quiso. Su madre enferma, esas cosas.
Es tarde, anochece. Desde lejos ve la ventana iluminada, y allí se recorta inesperadamente, una figura pequeña. Es un niño. y luego, la figura de Celia, que lo toma entre sus brazos.
Y del otro lado de la cortina, se encuentra con la mirada de José Luis. No dice nada, tiembla, tiembla como él, en el momento de decir junto a la puerta abierta para él: "José Luis, yo me callé porque..."
Por el miedo, por el amor... hubo unos reproches apagados por la ternura.
Fueron, a partir de entonces, auténticos. Fueron a partir de entonces, un hombre, una mujer y un niño.
Hermoso cuento!! Gracias por compartir.
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