AYUDAR A VIVIR
Hoy vino María Esther a visitarme y a mostrarme su bebé de dos meses. Una carita gorda y serena envuelta en trapitos limpios. Me río con ella, porque es feliz a pesar de todo, y porque tiene todo, me dice. Y todo cabe en una pieza muy chiquita y dos sillones en los que nos sentamos, aquella vez que fui con el dinero de la colecta.
Le regalo revistas viejas, que puede leer porque yo le enseñé a hacerlo, y cuando la veo así, feliz porque tiene todo, con el bebé, un paquete de revistas y el gajo de malvón para trasplantar, guardado en la cartera; la recuerdo distinta...
Un día, cuando me jubile, voy a escribir la historia de cada uno de los chicos que aprendieron a leer y escribir conmigo, que aprendieron a vivir de otra manera conmigo y que me enseñaron a vivir de otra manera.
También deberé recordarme a mí, tan distinta, la maestra de quinto grado, durante quince años en la misma escuela, que ya confundía su propio nombre con su puesto. Yo era Celia, la maestra de quinto grado, y abandoné mi empleo de cuatro horas, por otro de veinticuatro horas por día, que a veces, se hicieron veinticinco o treinta, porque la vida no puede medirse con las horas que marca el reloj.
Mi libro tendría que ser enorme, donde entren todos...
Martín y su lucha con las matemáticas, que le permita contar los pesos ahorrados cada mes hasta comprar una furgoneta de reparto, con las que repartía mercaderías y pilas de diarios viejos.
Y Leandro, que recién aprendió a leer el diario a los cincuenta años, quien ahora viaja en el colectivo con el diario que ya leyó.
Y los mellizos Moreno, que se enamoraban de una misma chica, y una noche se la jugaron en una pelea sobre el terraplén, y solo se separaron cuando me reconocieron en medio de sus piñas.
Y estarán muchos más. Y María Esther, por supuesto...
Solamente que hoy, María Esther me visitó, vale la pena que la gente se entere de cuánto le costó llegar a este día, con su bebé, un paquete de revistas, y una cartera con un gajo de malvón guardado en ella, y seguramente los pesos justos para el viaje; diciéndome: "hasta pronto, Celia", desde la vereda, con una hermosa sonrisa.
Vale la pena, porque debe haber muchas Celias, maestras de quinto grado, empeñadas en ayudar a vivir.
Hermoso y emotivo cuento... refleja los valiosos recuerdos de una vida ejemplar.
ResponderEliminarPara un docente, este hermoso cuento, es el fiel reflejo de la realidad ❤️🌹💐💛😊🌻
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