ERNESTO


Ernesto vivía en una villa de emergencia, tendría alrededor de diez años. Una noche, se acercó a nosotros, y nos relató como todos los hombres del rancherío salieron armados con piedras y palos para buscar al lobizón. Cerca del río, encontraron un perro-lobo y lo ahogaron.
Alejandro, Bruno y yo, estábamos fascinados con Ernesto. Yo le dejé tocar mi guitarra porque vi que la miraba con insistencia. Le prestamos las hamacas, le pedimos que jugara a las escondidas con nosotros y lo convidamos con bananas y facturas.
Cuando Ernesto se marchó, me di cuenta que la guitarra no estaba por ninguna parte. La buscamos entre todos en el parque, pero no apareció.
-Se la debe haber llevado ese negrito. - Dijo Gabriel.
-Son todos iguales. - Exclamó Silvana.
Desde entonces, pensé que los padres de mis amigos tenían razón, y nunca más permití que se me acercara uno de esos chicos negritos y harapientos.
Recién ahora, después de muchos años, al pensar en aquella tarde, al revivir los hechos en mi memoria, al recordarlos iluminados por la luz de mi experiencia y madurez, veo las cosas tal como sucedieron en la realidad. 
Descubro a un Ernesto humillado, desamparado, devorando las bananas y las facturas con un hambre de años de privaciones. Lo veo golpeado por horribles muertes cercanas que le quitaron la inocencia. Y lo veo, por fin, recuperar su asombro en las cuerdas de mi guitarra, tal vez, el único juguete entero y nuevo que tocaron sus manos.
Y desde aquí, desde esta vida regalada mía y fácil, abrigada y cuidada, tibia y protegida, le pido perdón, en nombre mío y en nombre de todos los que solo con palabras queremos reivindicar a todos los Ernestos, de escaso pan, escaso amor y escaso techo

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