NADA MÁS QUE EL TABACO



-Es el tabaco, de hoy en adelante, ni un cigarrillo más.. - Dijo el médico.
Sara lo miraba. El médico hizo una receta y se la extendió. Sara lo acompañó hasta la puerta. Sentía un dolor sordo en el pecho.
Qué lejana, antigua, perdida, parecía su juventud. A veces, revolviendo fotografías, se veía a sí misma con el cutis liso, pero ni aún así, se veía joven. La angustia la sobrecogía. Pensaba en sus dos hijos, ya casados... en sus hermanos muertos, en sus hermanos vivos.
Eran seis hermanos y no advertían la pobreza. Cómo advertirla, si en el barrio eran todos tan pobres, como ellos. Pero los chicos no entendían el significado de los suspiros de la madre o los silencios pesados del padre. Dormían repartidos en tres camas estrechas, en las que se revolcaban jugando, locos de alegría, hasta quedar dormidos y sonrientes.
Ninguno de los hermanos hizo fortuna. Habían, sí, salido adelante en medio de una pobreza decorosa.
El menor se llamaba Benjamín. Tal vez, por eso, lo bautizaron con ese nombre. Fue obrero, como los demás, pero fue el único que cursó la escuela secundaria. Los hermanos lo ayudaban, orgullosos de aquel retoño tardío que compraba libros y les contaba las historias que leía.
Benjamín era algo distinto de sus hermanos. Cuando ganó la beca del Industrial para especializarse en Estados Unidos, ya noviaba con Alba. Se confió al hermano mayor, quien le dijo como único comentario: "Alba no es una mujer para hombres como nosotros". Los demás hermanos se lo dijeron con sus silencios, dejándole entender, pero dándole la posibilidad de que decidiera solo. Su hermano menor, desechó la beca, los traicionó en esas esperanzas, que ellos habían amasado con sacrificios, y siguió en la fábrica.
Ya había empezado a ser triste, tal vez, porque había entristecido a su familia. Tal vez, porque los libros que tocaba con nostalgia dormían en un rincón del cuarto...
La voz de Mario interrumpió sus pensamientos.
-Y bien, ahora estás tranquila, espero que no vuelvas a fumar... ese maldito cigarrillo... el tabaco... - Sara comprendió que su marido tenía razón.
-Sí... es el tabaco, no volveré a fumar, Mario.

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