CARNAVAL
La ciudad efervescente de colores y música. Pieles cobrizas, pelo largo y pulseras enormes jugueteando en el brazo.
Lía se sintió fuera de lugar. Cuando llegó el Carnaval sintió verdadero miedo. Iban a hacer un baile de disfraz. Irían los amigos de siempre. Reirían. Bailarían. Serían despreocupadamente jóvenes.
-Dejate de pavadas, yo no estoy para eso. - Le dijo a su sobrina, pero finalmente, Karina la convenció, y sacó de una caja, una peluca rubia, un antifaz negro, y un vestido largo y liviano.
-Sos otra. - Exclamó Karina.
Entonces, Lía decidió ser otra, joven, libre, reír a carcajadas y dejarse tomar una mano.
-Me gustás, Laura. - Exclamó Roberto. Porque había sido capaz de ser Laura, con peluca y aire ajeno.
-Mañana quiero verte, en la rambla, a las siete.
-Bueno, pero ahora dejame, estoy muy cansada. - Y subió a su cuarto.
Debajo de la peluca, era Lía. Las serpentinas seguían confundiéndolo todo, de la puerta para afuera. Las serpentinas y el miedo. Y Roberto, que iba a esperarla mañana a las siete.
Mañana era lunes. Y el lunes, a las doce del mediodía, despertó a Karina y le dijo que se iba. Su sobrina no entendió. Nadie entendió. y menos que menos, Roberto, que a las siete de la tarde la esperó en la rambla. Esperó a Laura. Pero Laura no llegó porque no existía. Porque Lía, a esa hora, en el tren, era capaz de sonreír con un poco de nostalgia, con un poco de felicidad.
Iba a llamar a Gerardo. Iba a contarle todo, o quizás no. Pero iba a proponerle una locura. A los costados, tan solo se veía el pasto quemado por el sol.
Cerca del mar todavía brillaban las serpentinas, y un muchacho rubio consultaba el reloj en la rambla, esperando a una dama del ochocientos.

Lindo cuento! Es divertido jugar a ser otro por un rato. Feliz Carnaval!
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