LA QUE NUNCA VIO EL MAR
No conociste el mar, mamá. Y te hubiera gustado conocerlo. Lo supe casualmente el otro día, hablando con una tía. Te fuiste al silencio sin conocer el mar. Eras tan joven, mamá, el día de tu muerte. Seguías siendo tan joven en los retratos, con ojos de niña, que salió del pupilaje para casarse y tener tres hijas. Cuando nosotras tres, chicas y torpes, nos trepábamos sobre tus rodillas, te enredábamos con nuestras caricias y te pedíamos que nos contaras un cuento, tal vez te distraías imaginando el mar. Y tenías un aire soñador.
Yo quiero darte el mar, mamá.
Su luz, su espejo, que hace entornar los ojos y cambia de velos de colores: de gris, de malva, de azafrán, de violeta - y de verde -, como a vos te gustaba.
Yo quiero darte el mar, mamá.
Su gusto a sal y a yodo, que deje alrededor de la boca un borde blanco, como la estela de un barco.
Vos le hubieses gustado, tan menuda, tan frágil, diciéndole tus versos, dejando en sus mejillas las huellas de tus pies.
Ah, si yo te tuviera todavía, te llevaría hasta él, y me sentiría pequeña y ansiosa, buscaría piedras raras para llenar tus manos, esperaríamos la aparición de una sirena entre las redes de los pescadores, nos cansaríamos corriendo de una escollera a otra.
Verde de mis ojos verdes
Marchitándose al pensar:
¿de qué color será el verde
del color verde del mar?
Exactamente el color de tus ojos.
Con el brillo de cuando mirabas a tus tres chiquilinas.
Con el sabor salado de tus lágrimas.
Con el flujo y reflujo de tu sangre dándonos vida dentro de tu vientre.
Eras un poco el mar, aunque nunca lo hayas visto.
Yo quiero darte el mar.
Aunque... no sé muy bien... quizás no sea exactamente el mar lo que me empeño en darte, sino la vida... tu breve vida que latió tan poco y siempre me hizo tanta falta.

Al enfrentar la muerte de una madre, el dolor de sus hijos, es muy intenso y agudo.
ResponderEliminarLos recuerdos de nuestra madre, siempre son imborrables, y permanecen vivos en nuestro corazón.
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