LA ESTATURA
-¿Papá? - Me preguntó, dudando un poco.
-Creí que eras más alto.
Se mordió los labios, se frotó la nariz con la manga del pullóver. Yo no podía decir nada porque las lágrimas me ahogaban. Y me hubiese puesto a llorar ahí mismo, si Sofía no hubiese aparecido por el pasillo, serena, calma, haciendo, como siempre, lo que corresponde.
-Te estábamos esperando, Enrique, entrá.
Y me ofreció su mejilla levemente ruborizada. El olor de la casa era el mismo de siempre, el que perfumaba nuestros recuerdos, el que se desprendía de las cartas que Yanina me mandaba desde que empezó a escribir. Un olor que me permite reconstruir la casa palmo a palmo, el ruido de los pasos de Sofía, el ruido de los pasos de mi hija, unos pasos cortitos e inseguros, los únicos pasos que había escuchado de ella, cuando tenía un año y medio.
-¿Le diste un beso a tu papá? - Preguntó Sofía, empujándola suavemente hacia mí. Y entonces ya no pude más, la estreché contra mí, besé sus mejillas redondas, humedecí su carita con mis lágrimas incontenibles. Por Dios, seis años metido allí adentro, viendo solo fotografías de Yanina, viéndola crecer en cartulina. - Ella cree que estás trabajando, siempre le hablo de vos, quiero que te tenga presente, que te quiera, que te respete y que te admita a su lado cuando salgas de acá -
Le inventaste un padre importante, con pasaporte, un padre cambiando de aviones y brindando por Navidad en remotas ciudades. Un padre inconmensurable, por eso le parecí petiso cuando me vio. Creía que era más alto y que le traería juguetes de todas partes del mundo. Y yo llegué con un traje arrugado y sin valijas. Y me puse a llorar como un chico. Pobre Sofía, te arruiné el pastel. Los sacrificios que hiciste para criar a la nena sin mi aporte, con un marido que fue a parar a la cárcel por desfalco, porque todas las pruebas me condenaban. Aunque no hubiera sido tan culpable, tampoco fui tan inocente. Pero eso es historia antigua y ahora estoy aquí. Dijiste que nunca dejarías de amarme y estoy dispuesto a recuperarte. Te amo y te admiro, Sofía. Esa aparente seda que es tu fuerza, esa calma que esconde tus tormentas.
Yo no puedo dejar que Yanina crea que estuve lejos de ella porque quise, porque mis negocios fueron más importantes que ella. Le diré la verdad, aunque no llegue a comprenderla del todo. Que no soy un gigante. Que soy un hombre, a veces fuerte, a veces débil, que se equivocó y tuvo que pagar por ello. Un hombre que miró sus fotos con los ojos húmedos, que tembló de impotencia cuando ella estuvo enferma y no pudo ir a cuidarla. Un hombre que vivió seis años esperando el momento de estrecharla. Un hombre que nunca más se va a ir de su lado, que la quiere con toda su alma, y que va a crecer, va a ir creciendo un poquito cada día, hasta tener la estatura que ella le dio en su mente de siete años.
Vos me mirás, Sofía. Es la primera vez que veo tus ojos húmedos. Si supieras, cuánto las amo a las dos.

Es un hermoso cuento, me emociona. Gracias Alicia Estela.
ResponderEliminar¡Muy emotivo! Una historia que puede suceder en la realidad. Para leer por segunda vez.
ResponderEliminar