ROSAS DE OCTUBRE
Zulema aceptó el hermoso ramo de rosas que le obsequió Fabián, su compañero de oficina. Sabía poco acerca de la vida de él, sí, sabía que era casado y tenía un hijo. En alguna ocasión, la había invitado a caminar por el parque, pero ella se había negado, aludiendo que la esperaba su hermana. Mientras sostenía el ramo de rosas en sus manos, Zulema exclamó.
-Dígame más de su hogar.
-¿Más?, pues nada - Aseveró él.
"Miente", pensó Zulema.
-Fue un error. Vivimos como extraños.
"Y hablarán cuando se acuestan, se contarán todo, como hacían mis padres".
-Obramos con entera libertad, no nos separamos por el chico.
"Ya estará planeando las mentiras que le dirá luego para justificarse". Volvió a pensar.
De pronto, hubo un silencio cómplice entre ellos.
"Clara me estará aguardando junto a la ventana, y las rosas comenzarán a marchitarse". - Continuaba pensando.
-Zulema, - Balbuceó el hombre.
-¿Nunca juega con su hijo en la alfombra?
-No, nunca. - Aseguró Fabián.
-¿Vamos? - Invitó Fabián con prisa en la voz.
Y sintió la mirada ávida del hombre adhiriéndose a su cuerpo, la mirada codiciosa, dueña del mundo. Y sonrió, sintiéndose deseada, sabiéndose mujer.
-Espere, voy a buscar mi abrigo. - Y salió a la calle, tomó un taxi, sin mirar hacia atrás. Clara la esperaba...
No todo lo que reluce es oro. Hay que cuidarse de los engaños, como en este cuento.
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