AYUDAR A VIVIR
Hoy vino María Esther a visitarme y a mostrarme su bebé de dos meses. Una carita gorda y serena envuelta en trapitos limpios. Me río con ella, porque es feliz a pesar de todo, y porque tiene todo, me dice. Y todo cabe en una pieza muy chiquita y dos sillones en los que nos sentamos, aquella vez que fui con el dinero de la colecta. Le regalo revistas viejas, que puede leer porque yo le enseñé a hacerlo, y cuando la veo así, feliz porque tiene todo, con el bebé, un paquete de revistas y el gajo de malvón para trasplantar, guardado en la cartera; la recuerdo distinta... Un día, cuando me jubile, voy a escribir la historia de cada uno de los chicos que aprendieron a leer y escribir conmigo, que aprendieron a vivir de otra manera conmigo y que me enseñaron a vivir de otra manera. También deberé recordarme a mí, tan distinta, la maestra de quinto grado, durante quince años en la misma escuela, que ya confundía su propio nombre con su puesto. Yo era Celia, la maestra de quinto grad...