NADA MÁS QUE EL TABACO
-Es el tabaco, de hoy en adelante, ni un cigarrillo más.. - Dijo el médico. Sara lo miraba. El médico hizo una receta y se la extendió. Sara lo acompañó hasta la puerta. Sentía un dolor sordo en el pecho. Qué lejana, antigua, perdida, parecía su juventud. A veces, revolviendo fotografías, se veía a sí misma con el cutis liso, pero ni aún así, se veía joven. La angustia la sobrecogía. Pensaba en sus dos hijos, ya casados... en sus hermanos muertos, en sus hermanos vivos. Eran seis hermanos y no advertían la pobreza. Cómo advertirla, si en el barrio eran todos tan pobres, como ellos. Pero los chicos no entendían el significado de los suspiros de la madre o los silencios pesados del padre. Dormían repartidos en tres camas estrechas, en las que se revolcaban jugando, locos de alegría, hasta quedar dormidos y sonrientes. Ninguno de los hermanos hizo fortuna. Habían, sí, salido adelante en medio de una pobreza decorosa. El menor se llamaba Benjamín. Tal vez, por eso, lo bautizaron con ese no...