MUJER


Mi abuela Elisa me había entregado esta carta cuando cumplí dieciocho años. Hoy, a los veinticinco, la releo con el mismo fervor de aquel entonces, cuando finalizaba mi adolescencia.
-Eres una mujer de hoy, a veces, parece romántica, deportiva, audaz o tímida, tal como las circunstancias te lo imponen.
Hay un ritmo y lo sigues, porque no puedes detenerte, El hombre verdadero (sin complejos de inferioridad), te admira y valora por tu superación e inteligencia.
Alguna vez se cohíbe ante tu fuerza, tu seguridad, tu claridad mental para enfocar pequeños y grandes problemas de la vida actual.
Y es entonces, cuando algunos declaran que has perdido femineidad. No es exacto. La femineidad no es demostrar miedo a la vida, no es pedir ayuda para los más insignificantes esfuerzos; no es llorar porque sí y como solución a los problemas, no es quedarse detenida en el pasado, añorando sistemas, estilos.
Eres mujer y te asumes como tal con todos los derechos y deberes que demanda el momento que vives.
Te sientes plena para amar, para crear vida, para compartir con un hombre, elegido entre muchos, la magnífica aventura de vivir.
Y aunque la moda imponga tipos sofisticados y varoniles, sigues siendo generadora de vida.
Lloras y suspiras menos que las mujeres de otras épocas, pero luchas con todas tus fuerzas para participar de la evolución del mundo, cumpliendo tu parte con dignidad y valor.
Aunque necesitas, como aquellas lejanas abuelas hermosas y dulces, sentirte protegida por el hombre que amas.
Porque en el fondo de tu ser, allí donde late la única verdad sin tiempo, sigues siendo la misma criatura ansiosa de ternura, de amor, de comprensión, como las mujeres de otras épocas-.

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