LA TERNURA INVITADA



Querida Lala:
Ya se me terminaron los dulces hechos por tus manos. Dulces riquísimos, con el amor que los hacés.
Pensar que me encontraste un día cualquiera en las letras de una revista. Vos no tenías hijos, yo no tenía madre. Y Dios, porque seguramente Dios guió tu mano, hizo que en tus cartas te dirigieras directamente a la niña solitaria.
La bondad de la gente me ayudó. Los que andan con cuchillo bajo la piel son pocos. O yo los esquivé, o no me vieron. Los demás se fueron acercando.
¿Te cuento?: La florista de la avenida Corrientes, me corrió por la calle, desde la puerta del cine, para darme una rosa.
Amparito, desde el Chaco, me mandó para mi cumpleaños, un viejo corazón de plata, de aquellos que se abrían y contenían una foto en cada mitad. Lo llevo puesto.
Matilde me envía entradas para que lleve a mi niña al circo, donde trabajan sus hijas. Ella fue la que me regaló una tortuga, el primer animalito que tuve en mi casa.
Micaela me envía postales y cartas para que yo siga su vida paso a paso, porque se siente mi hermana y me tiende su alegría con espontaneidad y generosidad.
Y están las adolescentes que ponen pétalos y ramitas dentro de sus cartas; y los muchachos, que admiten que sentir hondamente lo que escribo, es una manera de vivir.
Y están tus dulces, Lala, que llegaron en una caja grande, y me hicieron sentir que una mamá prestada se ocupaba de poner colores en mi desayuno, adornaba la mesa con olor a membrillo, a durazno, a mandarina, me ayudaba a despertarme para ir al trabajo, y me recibía de regreso, a la tarde...
Fue una linda manera de encontrarnos... yo, de sentirme hija, vos, de sentirte madre; y las dos, de tener la ternura como una invitada permanente en nuestro corazón. 


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