LA QUE NUNCA VIO EL MAR
No conociste el mar, mamá. Y te hubiera gustado conocerlo. Lo supe casualmente el otro día, hablando con una tía. Te fuiste al silencio sin conocer el mar. Eras tan joven, mamá, el día de tu muerte. Seguías siendo tan joven en los retratos, con ojos de niña, que salió del pupilaje para casarse y tener tres hijas. Cuando nosotras tres, chicas y torpes, nos trepábamos sobre tus rodillas, te enredábamos con nuestras caricias y te pedíamos que nos contaras un cuento, tal vez te distraías imaginando el mar. Y tenías un aire soñador. Yo quiero darte el mar, mamá. Su luz, su espejo, que hace entornar los ojos y cambia de velos de colores: de gris, de malva, de azafrán, de violeta - y de verde -, como a vos te gustaba. Yo quiero darte el mar, mamá. Su gusto a sal y a yodo, que deje alrededor de la boca un borde blanco, como la estela de un barco. Vos le hubieses gustado, tan menuda, tan frágil, diciéndole tus versos, dejando en sus mejillas las huellas de tus pies. Ah, ...